18 de enero de 2009

JEFF KOONS



Supongo que visitar las dos salas dedicadas a Jeff Koons en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago debe ser como caminar por una Disneylandia del kitsch. Koons es el producto más norteamericano del arte contemporáneo, y además estudió en Chicago. Ningún otro estadounidense ha logrado emular como él a los dos grandes, Andy Warhol y Keith Haring. Ningún otro ha comprendido mejor lo qué gusta en este país: los colores primarios saturados de sus cuadros en los que pedazos de cuerpo se superponen a paisajes de postal (pongamos las cataratas del Niágara); las figuras de porcelana (tal como los ángeles cursis de nuestras madres sobre la cómoda) de tamaño natural como la de Michael Jackson, vestido de Mozart, con su mono chimpancé en el regazo; el artista fornicando con la Cicciolina, esposa y musa inspiradora, hechos en mármol. Todo parece ser la hipérbole del pop, el consumo llevado a la enésima, al borde del ridículo.
En Chicago cuando se habla de arte se debe mirar a Koons, si de política a Barack Obama (hijo natural de sus guetos y de la Escuela de Chicago). La gran ciudad debe parecer el paradimático escenario de la crisis económica americana. Una postal pop de lo último que puede mostrar el imperio de sí. Koons es también parte de la muestra, y no es casual que se haya vuelto famoso por hacerse corredor de bolsa en Wall Street, para financiar su obra megalómana. La Trump Tower rasca el cielo todavía en construcción. Nadie sabe, en medio de este estupor que atraviesa el mundo, con los bancos cayendo en picado, y los proyectos inmobiliarios desinflándose, si la terminarán.

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