1 de enero de 2009

Impresiones de un viaje por la Tierra del Fuego y el Parque de los Glaciares, Argentina, Polo Sur.


La primera etapa del viaje fue Tierra del Fuego. A mí me hacía mucha ilusión por eso de ir casi al final del mundo y por eso de ver a los pueblos indígenas que deben quedar por esos lares, pero resulta que el Fin del Mundo Sur está a la altura de Dinamarca en el Fin del Mundo Norte; además con el rollo de la "colonización penal" (o sea, mandar allí abajo a los más malotes del país, porque si no a ver quién es el guapo que baja pa'llá) se cepillaron en cuarenta años a todos los indígenas (cuatro tribus completas: a saber, los ona, los tehuelches, los yámanas y otros con un nombre más largo que no recuerdo). El guía argentino disculpó a sus congéneres diciendo que si habían pillado la sífilis sería de comer mejillones. Bueno, pues como los cuatro señores más asesinos, de entre los sacaentrañas que mandaron, parece que no hacían muchas migas con las señoras asesinas que también habían mandado para que repoblaran aquello, entonces... se inventaron el turismo!!
Por cierto, antes que todo esto, aunque no mucho (la fundación de estas ciudades es de mil ochocientos y medio) hubo un señor inglés (que a saber lo que habría hecho en su país porque se autocondenó a estar allí abajo solo, le faltaría raigambre, digo yo), que, en cuanto puso el huevo en la zona más pegada al Atlántico, decidió que unas veinte mil hectáreas estarían bien para empezar a dar de comer a unas cuantas ovejillas que se había traído de su patria, cuyo clima y alrededores no iba a echar mucho de menos (de hecho, el paisaje es el mismo que el que vi en el norte de Escocia) y allí se quedó, diciendo que era pastor de la Iglesia Anglicana y que venía a traerle el Cielo a los otros cuatro indios que, ya digo, tardaron poco en subir al mismo.
El paso del tiempo le hizo al hombre prosperar, que en ese lugar del mundo es fácil por la falta de competencia (a ver qué españolito valiente se iba a quedar allí teniendo todo continente para elegir india y palmera) y por supuesto se hizo muchirrico, latifundista (toda la esquinilla del mundo, nada más y nada menos) y cuentista como muchos de los de por aquí (eso sí que debe ir en los mejillones) y tener una descendencia que se fue a "colonizar" otras partes del mundo como Sudáfrica y Australia. En fin, un nietecillo suyo se casó con una güiri que pasaba por allí, que buscaba ballenas y pajaritos frioleros y que se enamoró del concepto "aislados del mundo" hasta sus máximas consecuencias. Montó un museo de mamíferos marinos con las pobres ballenas perdidas por el estrecho de Beagle en su rumbo a la Antártida y ahora tiene un chiringuito que se mantiene a costa de los románticos becarios (así va el mundo, con tanta filantropía frustrada) que bajan allí a pasar los veranos, seducidos por un lugar ignoto de un mundo en el que ya no queda de eso (el turista violador es un ser sobrenatural, la esencia misma de la ciencia infusa). Bueno, además de esto ves unos cuantos leoncillos marinos (¿focas?), cormoranes (¿pingüinos que vuelan?) y pingüinillos (esos de verdad, a pesar de ser unos animales de nombre equivocado, ya no me acuerdo por qué). Y una ciudad, Ushuaia, que se contrae y dilata en función de las estaciones, no sólo del hielo. Parece ser que el verano despliega sus casas, pero en invierno y con la más fresquita todavía, los camiones recogen las casas y las apiñan todas juntas a ver si del roce les da más calorcillo. Por esta circunstancia, las casas están construidas de chapilla, que digo yo que aísla poco, se oxida mucho y refleja el sol más, aunque seguro que alguien podrá darme una explicación más coherente a este hecho. La ciudad tiene un gran puerto, y las colinas llenas de árboles y unos árboles de altura limitada, la que le permite una temperatura máxima de diez grados en verano, que los árboles no pueden crecen más (esto lo he aprendido en estos tiempos de non fare niente, ma leggere molto). En definitiva, merece la pena el paseo, que son tres horas y media de avión desde buenos Aires,to pa'bajo, cualquier cosa)...

Lo de los Glaciares es un espectáculo, y lo de la recua de gente que va a verlos, también. En fin, intentando, en un alarde de alienismo agudo, ver más allá de las cabezas y las máquinas de fotos (estoy segura de que hay quien ha visto glaciares de 120 m de altura encerrados en una mirilla de 3 cm y ni siquiera ha levantado la cabeza) me encontré un paraje sobrecogedor. Y así decían que estábamos en todo el planeta, hace unos añillos nada más. Lo que más me interesó fue la Declaración de Monumento Natural de la Humanidad, con el fin de recordar lo que alguna vez fue la Tierra. Vaya, un sitio con un frío terrible, de un color azul aguamarina intensísimo y unos crujidos apocalípticos cada vez que un simple cubito de hielo se desprendía. Alucinante.

El siguiente punto de destino fue Calafate: una ciudad turística, no sólo por su finalidad y máxima ocupación, sino porque no hay otra y no estaría allí si no fuera por esa razón. A pesar de su sentido de vivir, han decidido ponerla a ochenta kilómetros de la entrada al Parque Nacional Los Glaciares porque había gente que se fue a establecer allí sin saber más que conducir, y a esos también había que darles trabajo, aunque fuera organizándolos en cuadrillas de autobuses para güiris. Desde que se llega a la ciudad (Calafate está a sotavento de los Andes, los glaciares crecen hacia esa parte oriental de la Cordillera, que por los vientos föehn está pelá y mondá) todo es un puro monopolio: los autobuses, los barcos, los guías, y los crampones para subir caminando por el Perito Moreno, que subimos.
La primera visión del glaciar Perito Moreno, al girar una curva de la carretera que rodea la parte sur del Lago Argentino (el que se ha formado por el deshielo de este Campo Glaciar Patagónico del Sur) es impresionante, sin más apelativos. Entonces se observa una cortina azul “celeste-glaciar” que baja a modo de telón ceruminoso entre dos montañas. Pero en el telón se han gastado mucha tela y la vela era cirio muy pascual. Han hecho unas plataformas para que la gente pueda quedarse extasiada, mientras pega prácticamente la cara al glaciar, mirando con ojillos maliciosos a ver si éste rompe mientras uno está allí. Y ¿qué rompe?. Pues resulta que el Perito Moreno es el único glaciar que se encuentra en equilibrio. Eso es que no va para atrás (retroceso) ni para adelante (avance), pero que ahí está. Pues el Perito Moreno es bífido y en su crecimiento se extiende por las dos lenguas que le deja el lago dividido a su vez por la península (de Magallanes, aunque éste pasó más lejos de aquí todavía). Total que cuando llega a la península, crece, crece y la presión del agua del lago izquierdo (que drena a su vez por el derecho) va horadando un túnel en la base de esa extensión del glaciar, túnel que va subiendo hasta un punto en el que colapsa, y entonces se oyen las campanas del Apocalipsis, se forma una ola que realmente asusta (estamos siempre en un lago, eh?!) y los barquitos del ínclito amigo de los Kirschner, René Pérez Guachipongui, dueño de los barcos que te pasean por el lago (del Parque, y de media Argentina, me figuro yo) se las pelan para darle a los motores pa'trás no vaya a ser que a algún güiri gordote y pudiente se le vaya a mojar una ceja, que el agua está, además de lechosa por la arenilla glaciar, fresquita. Digo pudiente porque la excursioncilla por todo este lugar del mundo tiene esa premisa, las cosas como son.
En estos sitios la raza humana quieras que no se homogeniza. Somos más raza, o especie, como se quiera. Compartimos el clic de las cámaras al unísono, en sinfonía espiritual con el paisaje, compartimos la indefensión ante el saqueo de los autóctonos y sólo competimos para ver quién tiene el objetivo más grande. En fin, el paseíto por el Perito es un puntito. Yo, con mi habitual miedo panfilón, un poco más y me caigo sesenta metros para abajo en una brecha de azul atrayente y evocador, pero menos mal que siempre hay un galante turista para echarte una mano. En fin, que lo pasé estupendamente, nos dieron un whiski 'on the rock' cortado a piolet y un alfajorcillo para que no creyéramos que estábamos en Islandia.
Y luego el gran día de los Glaciares. Verás, es que el Perito Moreno es sólo la cuarta parte de los demás, que son un montón, están al norte de éste y no tienen su fama porque ni crujen tanto ni te puedes subir encima. Bueno, aquí casi me quedaría sin palabras si no fuera porque esto del sabático tiene mucho de recogimiento y un mundo interior por estallar a modo de supernova. En fin, entonces llegué a sentir lo que Admusen si hubiera llevado más gente en su expedición (pero un montón más, claro) y conquistamos el Polo Sur. Nos enfrentamos a los vientos de hielo, a las tempestades catabáticas (viento que baja por los valles, drenando el aire frío de las cimas de las montañas, vide asignatura de Geografía Física pal body) y los icebergs esparcidos alrededor del barquito chiquitito... y a los humos de la gente, que ni en semejantes circunstancias dejan de fumar.
El Glaciar Upsala es un discreto glaciar del tamaño de la Provincia de Buenos Aires, que a su vez es del tamaño del Estado Español a pesar de las autonomías y que parece no una cortina cualquiera de baño, no, sino el telón del Fin del Mundo. Como este glaciar no llega al fondo del lago, el agua va empujando hacia arriba, y cuando dice de romperse, lo hace de tres en tres kilómetros de largo por los diez que tiene el ancho de su frente (¿pero puede tener algo unas dimensiones así?), y va dejando un mar (lago) de icebergs enormes, que asoman sólo el 15% de su superficie, que tardan en derretirse alrededor de tres meses y que en cualquier momento pueden darse la vuelta para recuperar el equilibrio. Magníífico, espectacularr, buennísimo, hherrmoso, ..., adjetivos que esta gente dice para todo pero que deben haberlos sacado de sitios así. Y es verdad, esta vez sí. Lo último que presenciamos antes de volver de la expedición fue una rotura de base del Perito Moreno, esto es, una ballena gigantesca de color aguamarina transparente que surgió a pocos metros del barco, que emergía y emergía y compungía los corazones de los hombres, bravos, pero muy chiquitillos al fin, comparados con el cachalote azul que dio varias vueltas alrededor de su eje hasta que encontró la postura y descansó. Y levantó una ola y sonó. Y era un susto magnético. Y me encantó. Y fin.

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