3 de enero de 2009

JOSÉ GUERRERO. LOS AÑOS PRIMEROS

“Mejor sordo que ensordecido... Verdaderamente ésta es una época mala para el pensador. Que tiene que ingeniarse para hallar el silencio que le es menester entre dos ruidos y hacerse el sordo hasta que efectivamente llegue a serlo. Mientras no se acostumbre a esto estará en peligro de morirse de desasosiego y de dolores de cabeza”.
Nietzsche

Nos movemos en la sociedad de la inmediatez, de la información instantánea obtenida a golpe de botón y estas circunstancias hacen que la observación, la reflexión y la recreación pausada estén de capa caída por no decir que trasnochadas. Muchas de las obras de arte contemporáneo son de lectura inmediata, se trata de sentir más que de observar. Todos tenemos capacidad para sentir en mayor o menor medida, pero la capacidad de observación requiere de una disciplina que hay que formarla y practicarla y que, por el trabajo y la dedicación a la que obligan, no está al alcance de todos o, más bien, casi nadie está dispuesto ya a ejercitarla.
Así, los continentes y contenidos de los centros de arte contemporáneo responden cada vez más a la sociedad del espectáculo compitiendo el edificio con la obra que alberga: el edificio reclama con sus formas espectaculares y las obras no pueden quedarse atrás en una dura competición. Sin embargo, hay una nueva forma de arte mucho más sutil y silenciosa: el trabajo de los responsables de los centros de arte, de los galeristas y de los comisarios. Hasta hace relativamente poco tiempo, las obras de arte se exponían siguiendo, normalmente, un criterio historicista: por épocas o por movimientos. Pero, igual que el arte ha dejado de ser historicista, ha dejado de representar para expresar, su exposición, forzosamente, ha dejado también de serlo.Un buen ejemplo de esta reflexión lo tenemos en la exposición José Guerrero. Los primeros años. 1931-1950, que se presenta en el Centro José Guerrero hasta el 11 de enero de 2009.

Los primeros pasos de este pintor han sido siempre uno de los aspectos más desconocidos para la gran mayoría de crítica y público. Comprensible, si se tiene en cuenta que no fue hasta los cuarenta años cuando despertó el interés de los entendidos en los entonces lejanos Estados Unidos. Lo que vino después suele ser de dominio público para sus seguidores. Pero todo artista tiene un comienzo. La exposición demuestra cómo algunos de los aspectos de sus primeras pinturas han permanecido invariables, los colores vitalistas y expresivos o la presencia continua de elementos como cruces o palomas.

La selección de la obra refleja las preocupaciones e intereses del pintor en los años objeto de estudio, así como la evolución de su lenguaje desde la figuración hacia la abstracción. La muestra se ha organizado atendiendo a los sucesivos viajes del artista, lo que produce una serie de conjuntos significativos de trabajos realizados en los distintos escenarios geográficos e históricos en los que transcurrió la vida de Guerrero, guiada por su determinación de aprender el arte y la modernidad: Granada, Madrid, París, Suiza, Roma, Bélgica y Londres.
Al ser la suya una subjetividad muy permeable tanto a los espacios como a los ambientes culturales, la producción paisajística y el impacto recibido de los estilos artísticos del momento testimonian no sólo su experiencia, sino también la de la época que le tocó vivir.

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