1 de junio de 2009

El reino de los mortales del Juicio Final de Miguel Ángel. Prólogo

Impregnados por ese estado del espíritu de nuestra era, que hace que no sea necesario perder el tiempo en buscarle la sustancia a nada, porque se puede ser famoso sin un pretexto concreto o desde la mera autoproclamación de algo (siempre que se disponga de la parafernalia necesaria para representar eso que se dice que se es), suplimos la experiencia y la consistencia de una obra bien construida por la audacia, el salto sin red.

Obras en las que no sobresale ninguna suerte de expresión idealista o experimentación visionaria, sino simplemente respuestas elementales concebidas desde el efectismo y concebidas desde la deglución rápida y pasmosamente literal de conceptos, como regurgitadas con golpe de efecto.

El problema de muchos artistas coetáneos es el de haber inventado una trampa sobre la contemporaneidad, sus creaciones, desplegadas con alarde de medios y el uso de la tecnología, carecen de innovación y no suman ningún valor a la sociedad actual. Su existencia sólo sirve para persistir en ese estado de idiotización que elude el debate real.

La condición de artista ha superado desde hace ya largo tiempo el estatus de ciudadano de segunda pero permanecer entre la élite que se dedica a la CREACIÓN, supone un esfuerzo denodado en pos del verdadero conocimiento. Desde esta convicción, comprender el misterio que se esconde tras una "gran obra de arte", para ser calificada como tal, puede llegar a convertirse en una deleitante obsesión.

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